MANIFIESTO PALABRAS DE SAL

Fronteras de Sal. Málaga: ciudad del paraíso, ciudad abierta.

Las palabras las carga el diablo: hablamos de preparar la paz, promoviendo la guerra o llamamos, por ejemplo, refugiados a aquellas personas a las que no prestamos refugio. Pronunciamos discursos convincentes sobre cooperación al desarrollo cuando la crisis económica del primer mundo ha vaciado los programas de solidaridad de numerosas instituciones, dentro y fuera de España, dentro y fuera de la Unión Europea, dentro y fuera del área del Mediterráneo, cuya orilla sur ha ido progresivamente empobreciéndose durante las últimas tres décadas.

Las palabras no pueden servir de coartada para el crimen. Desde noviembre de 1988 en que aparecieron los primeros cadáveres de espaldas mojadas en el Estrecho, decenas de miles de personas han perdido la vida en esta vieja cuenca marina. Y, desde las tribunas de oradores a las redes sociales, pasando por libros y medios de comunicación digitales o convencionales, contribuimos a urdir un imaginario por el que cabría pensar que sentimos más miedo por las víctimas de ese largo éxodo que por los verdugos que les impulsan a huir. Queremos que las palabras se llenen de sal para que este viejo mar vuelva a ser nuestro y no termine convirtiéndose en un nuevo mar muerto.

Palabras contra el grito, palabras contra los decretos, palabras contra los dogmas, palabras contra los números que se manipulan y contra el miedo que ya ni siquiera guarda la viña ni puede ponerle puertas al monte. Palabras para demostrar la inocencia de los dioses frente a aquellos que usan su nombre para justificar sus asesinatos. Palabras para impedir que quienes reinventan los dogmas, los versículos o las suras, puedan encarcelar la belleza bajo una mordaza, bajo un velo o bajo un muro. Palabras para que la fe, en su caso, tan sólo resida en el alma y pasee discretamente por las calles. Palabras para llamarle hambre al hambre y pandemias al gigantesco territorio del escalofrío.

Escritores y artistas de todas las orillas del mundo esgrimimos, a partir de este manifiesto, la razón del corazón frente a la razón de la fuerza. Y la ternura de los pueblos frente a la chaqueta metálica de la industria de armamentos o la hoja del cuchillo de la desesperación. Esa es nuestra creencia, abierta a cualquier credo, incluso al de quienes tan sólo mantienen una relativa esperanza en los seres humanos.

JUAN JOSÉ TÉLLEZ